Capítulo 9: La llanura de los ecos
Poco a poco, los tres fueron dejando atrás las terrazas elevadas de la ciudad perdida. La luz azul seguía brillando entre las montañas, cada vez un poquito más cerca. Willity y Sixevenín reanudaron el camino al día siguiente, poco después del desayuno, mientras la pequeña criatura los acompañaba saltando entre las piedras y desapareciendo de vez en cuando entre la vegetación, para volver a aparecer al poco tiempo frente a ellos.
Habían dejado atrás la parte más elevada de la misteriosa ciudad, y ante ellos se extendía una inmensa llanura cubierta por hierba, raíces y restos de antiguos edificios de los que apenas quedaban los primeros cimientos. La vegetación había cubierto de tal manera las viejas ruinas con el paso de los años, que éstas parecían un elemento más de la naturaleza.
Mientras avanzaban, comenzaron a escuchar algo extraño.
Cuando el viento atravesaba ciertas piedras dispersas por la llanura, se producían sonidos suaves y profundos. No eran voces. Tampoco parecían máquinas.
Eran ecos.
Algunas piedras emitían tonos graves. Otras producían vibraciones agudas y extrañamente armoniosas.
—¿Lo oyes? —preguntó Willity.
Sixevenín asintió.
—Parece que el viento quisiera recordarnos algo.
La pequeña criatura corría alegremente entre las piedras como si conociera muy bien aquel lugar.
Más adelante descubrieron una enorme plaza circular de la que apenas quedaban unas pocas columnas derruidas. Cuando el viento atravesaba las piedras inclinadas, una extraña melodía se extendía por toda la llanura.
—Es precioso —susurró Willity.
Continuaron avanzando entre los restos de la antigua ciudad. De vez en cuando aparecían muros semienterrados, escaleras rotas o bloques cubiertos por raíces gigantes. Todo indicaba que aquel sitio había sido testigo de un pasado esplendoroso.
Fue entonces cuando la pequeña criatura se detuvo.
Giró rápidamente la cabeza hacia unas piedras caídas y salió corriendo hacia ellas. Emitía pequeños sonidos agudos mientras restregaba su lomo una y otra vez contra una gran losa semienterrada.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Willity.
Willity y Sixevenín apartaron algunas raíces y descubrieron un antiguo grabado.
Sobre la piedra aparecía representado un extraño animal muy parecido a la pequeña criatura que les acompañaba, aunque algo diferente. Junto a él había símbolos grabados en una escritura desconocida.
Sixevenín observó la inscripción durante unos instantes.
—Es una lengua ancestral. Una de las primeras lenguas de los antiguos habitantes de S7. Parte de ella todavía permanece almacenada en nuestros archivos.
Sus ojos azules brillaron suavemente.
—Aquí aparece un nombre.
—¿Puedes leerlo? —preguntó Willity.
Sixevenín se inclinó ligeramente hacia la piedra.
—Sí.
Guardó silencio unos instantes.
—Deri, pone “Deri”.
La pequeña criatura levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Deri? —repitió Willity sonriendo.
El animalito emitió un pequeño sonido alegre.
—Creo que es un buen nombre.
Willity acarició suavemente su cabeza mientras Sixevenín contemplaba la figura grabada.
—Quizá aquel animal fuera uno de sus antepasados.
—Entonces ya está decidido —dijo Willity—. Te llamaremos Deri.
La dulce criatura volvió a frotarse suavemente contra la piedra.
Willity levantó la vista hacia el horizonte. La luz azul seguía esperándoles.
—Será mejor que continuemos.
Pero Sixevenín permanecía inmóvil.
—Espera.
—¿Qué ocurre?
—Creo que acabo de entender algo más.
Sus ojos recorrieron lentamente los símbolos desgastados.
—Algunas partes están un poco deterioradas, pero creo que dice...
Permaneció unos instantes concentrado.
—«A través del tiempo y del espacio, Deri viajó por segunda vez al planeta azul...»
Willity abrió mucho los ojos.
—¿El planeta azul?
—«...y regresó a S7 tras catorce años azules llenos de amor».
Ambos guardaron silencio.
—No entiendo nada —admitió Willity.
—Yo tampoco —respondió Sixevenín—. Pero quien grabó estas palabras conocía muy bien a ese animal. Y, claro, también conocía el planeta azul.
El animalito observó durante unos segundos la piedra y volvió a emitir aquel sonido suave que tanto les gustaba escuchar.
—Miiiauu…
Willity sonrió.
Permanecieron allí un largo rato meditando sobre la importancia de su descubrimiento, mientras el pequeño Deri se había quedado dormido, apoyado plácidamente en esa piedra que había sentido tan intensamente como algo suyo. Finalmente, tras un pequeño y necesario descanso, los tres reemprendieron el camino.
La tarde comenzaba a apagarse cuando las ruinas de la llanura fueron dejando paso a construcciones cada vez más definidas. Aunque la vegetación se había adueñado de casi todo aquel lugar, todavía se distinguían restos de antiguos caminos y grandes bloques de piedra repartidos entre los árboles.
Y entonces la vieron.
La luz azul no brillaba exactamente entre las montañas.
Procedía de una enorme estructura escalonada que se elevaba sobre la llanura. La mayor parte de sus terrazas estaban cubiertas por raíces y algunos viejos árboles, pero todavía se distinguían claramente los grandes escalones que conducían hasta la parte superior.
—¡Es una pirámide! —exclamó Willity.
Sixevenín observó la construcción en silencio.
—Parece muy antigua.
La luz azul nacía en la parte más alta de la pirámide, y resplandecía hacia el cielo con un fulgor tan grande que podría ser visible desde cualquier punto de la región. Ahora entendían el porqué.
Conforme se acercaban, descubrieron que muchas zonas se encontraban derruidas, pero las escaleras principales todavía permanecían sorprendentemente bien conservadas.
Deri avanzaba unos metros por delante, observándolo todo con curiosidad.
Los tres comenzaron a subir lentamente entre bloques de piedra cubiertos por musgo y antiguos muros derrumbados. El viento era suave y las últimas luces del día teñían la selva de tonos dorados.
Fue entonces cuando Deri se detuvo de repente.
Willity siguió su mirada.
A unas decenas de metros, cerca de la parte superior de la pirámide, unas siluetas se encontraban reunidas alrededor de la luz azul.
Inmediatamente los tres se ocultaron tras los restos de un antiguo muro.
La distancia era demasiado grande para distinguir quiénes eran exactamente, pero resultaba evidente que se trataba de seres inteligentes.
Willity observaba fascinado. Las figuras parecían saludarse unas a otras.
Movían lentamente las manos con las palmas orientadas hacia arriba, balanceándolas suavemente de arriba a abajo.
Era un gesto extraño. Y, sin embargo, resultaba familiar. Sixevenín concentró todos sus sensores auditivos y permaneció inmóvil.
—Creo... creo que están diciendo algo.
—¿Qué? —susurró Willity.
El viento traía apenas fragmentos de sonido desde la distancia. Pero era suficiente.
—Juraría que están diciendo...
Guardó silencio un instante. Y finalmente sonrió.
—Six Seven.
Willity volvió a mirar hacia las misteriosas figuras. La luz azul brillaba detrás de ellas. Y ambos fueron conscientes de que, después de todo lo vivido, por fin habían encontrado a seres como ellos. Seres que les podían ayudar a comprender todos los misterios que habían ido descubriendo desde que comenzaron está aventura.
Continuará...



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