Capítulo 8: La ciudad perdida

La mañana siguiente al encuentro con el Guardián de la Niebla amaneció tranquila. Las brumas que durante la noche habían inundado la selva comenzaron a retirarse lentamente entre los árboles gigantes, dejando ver senderos cubiertos de hojas brillantes y enormes raíces que parecían extenderse hasta el horizonte.

Willity y Sixevenín retomaron el camino poco después de desayunar algunos frutos luminosos que crecían junto a un pequeño arroyo. La luz azul seguía allí, brillando entre las montañas lejanas. Cada día parecía un poco más cercana y, aunque todavía resultaba imposible saber qué era realmente, ambos tenían la certeza de que iban a vivir algo trascendental en este viaje.

—Algún día llegaremos —dijo Willity mientras observaba el horizonte.

—Eso espero —respondió Sixevenín sonriendo bajo la capucha.

Continuaron caminando durante horas. La selva se hacía cada vez más densa y silenciosa, pero poco a poco comenzaron a aparecer cosas extrañas. Primero encontraron una columna cubierta completamente por musgo. Más adelante apareció un muro semiderruido escondido entre las raíces de varios árboles y, poco después, descubrieron una antigua escalera de piedra que parecía no conducir a ninguna parte.

—¿Quién construiría algo así en medio de la selva? —preguntó Willity.

Sixevenín observó las piedras durante unos segundos antes de responder.

—No lo sé. Pero creo que esto lleva aquí muchísimo tiempo.

Aquello era extraño. Muy extraño.

Siguieron avanzando entre la vegetación mientras nuevas estructuras aparecían a ambos lados del sendero. Algunas estaban tan cubiertas por plantas trepadoras que apenas podían distinguirse. Otras parecían haber sido tragadas por los propios árboles. Cuanto más observaban, más evidente resultaba que no estaban atravesando un bosque cualquiera.

Hubo una ciudad allí.

El primer descubrimiento
Las primeras ruinas aparecieron ocultas bajo siglos de vegetación.

Y, aunque ninguno de los dos podía imaginar quién la había construido, ambos comprendían que estaban caminando sobre los restos de algo extraordinario.

Fue entonces cuando apareció una pequeña criatura que saltó entre dos ramas por encima de sus cabezas. Era rápida, tan rápida que apenas pudieron verla. Tenía aproximadamente el tamaño de un gato pequeño, una larga cola y unos grandes ojos brillantes. Cuando saltaba entre los árboles parecía desplegar unas extrañas membranas que le permitían planear durante unos instantes antes de volver a apoyarse sobre otra rama.

—¿Has visto eso? —preguntó Willity.

—Creo que sí —respondió Sixevenín mientras intentaba localizarla entre las hojas.

La criatura volvió a aparecer unos metros más adelante. Permaneció inmóvil observándolos durante unos segundos y desapareció de nuevo. Durante el resto de la mañana ocurrió lo mismo una y otra vez. Aparecía, los observaba con curiosidad y volvía a desaparecer entre las ramas. Parecía tan interesada en ellos como ellos en ella.

Al llegar al mediodía, Willity comenzó a sospechar...

—Creo que intenta enseñarnos algo.

Sixevenín siguió su mirada. La pequeña criatura estaba sentada sobre una rama mirándoles fijamente. Cuando comprobó que ambos se habían detenido, dio un salto hacia otra rama y permaneció allí esperando.

Como si quisiera que la siguieran.

El encuentro con la criatura
La extraña criatura parecía querer guiarlos hacia algún lugar.

Finalmente decidieron hacerlo.

La extraña guía avanzaba lo suficientemente despacio para que pudieran seguirla sin dificultad. Gracias a ella descubrieron antiguos jardines elevados cubiertos de flores luminosas, pequeños estanques escondidos entre raíces gigantes y terrazas de piedra construidas sobre las laderas de las montañas. Todo parecía muy antiguo y deteriorado, pero también extrañamente hermoso.

La naturaleza había reclamado aquel lugar hacía mucho tiempo.

A medida que avanzaban, las construcciones se multiplicaban. Ya no parecían restos aislados. Todo comenzaba a formar parte de algo mucho más grande. Había muros, puentes derruidos, caminos elevados y columnas que aparecían entre la vegetación como si la propia selva intentara ocultarlos.

Fue entonces cuando encontraron una abertura entre las raíces de varios árboles gigantes. La entrada parecía conducir al interior de una antigua construcción y, antes de que pudieran decidir qué hacer, la criatura desapareció por ella.

Willity y Sixevenín intercambiaron una mirada.

—¿Entramos?

—Creo que ya sabes la respuesta.

Ambos sonrieron y cruzaron la entrada.

El interior estaba oscuro y silencioso. Las paredes estaban cubiertas por símbolos extraños que ninguno de los dos había visto jamás. Algunas salas parecían haber contenido antiguas máquinas, mientras que otras estaban completamente vacías. Avanzaron con cautela observando cada rincón, intentando comprender quién había vivido allí y qué propósito había tenido aquel lugar.

Sin embargo, cuanto más avanzaban, más difícil resultaba recordar el camino de regreso.

Cuando finalmente decidieron volver al exterior descubrieron que estaban completamente perdidos. Intentaron regresar sobre sus pasos, atravesaron varios corredores, subieron escaleras y recorrieron pasillos cubiertos de raíces, pero todos parecían iguales.

Estaban realmente confusos y preocupados, porque no tenían ni idea de dónde se encontraban.

—Creo que estamos completamente perdidos —admitió Sixevenín.

—Yo también lo creo —respondió Willity intentando no parecer demasiado preocupado.

Ninguno de los dos dijo nada hasta que escucharon un pequeño sonido procedente de una de las galerías. Allí estaba de nuevo la criatura. Sentada sobre una piedra, movía lentamente la cola mientras los observaba. Después dio un pequeño salto y avanzó unos metros antes de detenerse para comprobar si la seguían.

—Creo que se está riendo de nosotros.

Sixevenín no pudo evitar una carcajada.

La siguieron una vez más y, para su alivio, la pequeña guía los condujo directamente hasta el exterior. La luz volvió a filtrarse entre los árboles y ambos respiraron aliviados al sentir nuevamente el aire fresco de la selva.

Pero la mayor sorpresa aún estaba por llegar.

La criatura continuó avanzando durante un rato más hasta conducirlos a un enorme y extraño mirador situado sobre la selva. Cuando llegaron al borde, ambos se quedaron inmóviles.

Ante ellos se extendían las ruinas.

La ciudad perdida
Aquello no eran unas pocas ruinas. Era una ciudad entera perdida bajo la selva.

No unas pocas construcciones dispersas.

No algunos edificios aislados.

Era evidente que estaban ante los restos de una ciudad entera.

O quizá algo aún más grande.

Montones de muros y torres derrumbadas, rodeadas de restos de calzadas de piedra aparecían repartidos por toda la extensión de la selva. La vegetación había cubierto casi todo, pero aun así resultaba evidente que aquel lugar había sido extraordinario.

Las ruinas se extendían mucho más allá de donde alcanzaba la vista.

Y en la distancia, brillando entre las montañas, seguía esperándolos la luz azul.

Ahora brillaba con más claridad que nunca entre las montañas.

Willity contempló las ruinas durante largo rato. Algo le decía que aquella ciudad guardaba secretos muy antiguos, secretos que algún día descubrirían. Pero todavía no era el momento.

Aún quedaba camino por recorrer.

Y todavía les aguardaba alguna aventura antes de alcanzar la misteriosa luz azul. 

Comentarios

  1. Me encanta. Martin soy Irene Escolar vaya imaginación tienes

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    1. Me alegro mucho Irene. Esa imaginación es la que me gusta ayudar a desarrollar en mis alumnos. La imaginación y la creatividad van a ser algunos de los mejores aliados que podéis tener en la vida :-)

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    2. Martin tenías que ser famoso!

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    3. Irene, la fama no es lo más importante. Con saber que os está gustando la historia, ya me hace feliz y me motiva para escribir nuevos capítulos.

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  2. Hola Martin, la historia se está poniendo muy interesante. Me he quedado con ganas de leer más ¿cuando podremos ver el siguiente capítulo?

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    1. Mario, me alegro mucho. Desde esta tarde, ya podéis leer el capítulo 9.

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