​Capítulo 13: El Sabio de la selva y el viejo amigo

​La marcha escoltada por la selva se desarrollaba en un silencio tenso. Los guerreros de piel metalizada caminaban en torno al grupo con paso firme, manteniendo las lanzas de luz inclinadas hacia el suelo pero sin relajar la guardia en ningún momento.

​—Al menos no parecen crueles —murmuró Sixevenín en voz muy baja a Willity—. Si quisieran hacernos daño, no nos habrían ayudado a salir de la corriente de la catarata.

​Willity asintió, observando cómo Deri caminaba pegado a sus patas, con las membranas replegadas y las orejas atentas a cualquier chasquido de la vegetación. A su lado, Ramsi reajustaba el peso de su enorme mochila mojada, mientras Jazzi cuidaba de que su ramita de cristal no emitiera destellos excesivos para no alterar a los guardias.

​Tras recorrer un sendero flanqueado por gigantescos helechos luminosos, la selva se abrió para dar paso a una aldea singular. Las viviendas no eran de piedra ni de metal como las de las cúpulas del norte, sino estructuras ovaladas integradas armoniosamente en los troncos de los árboles más gruesos. Decenas de habitantes de la misma especie observaron la llegada de los extranjeros con una mezcla de recelo y curiosidad.

​Los guerreros condujeron al grupo hasta una gran plataforma elevada en el centro del poblado. Allí, sentado sobre un asiento tallado en raíz ancestral, aguardaba un ser de la misma fisonomía metalizada, pero sensiblemente más anciano. Su piel presentaba un tono platinado apagado por el tiempo y vestía un manto trenzado con fibras brillantes de la selva. Sus ojos, profundos y serenos, recorrieron detenidamente a cada uno de los recién llegados.

​Uno de los guardias se adelantó y explicó la situación en su idioma bisbiseante, haciendo un gesto con las manos que imitaba el extraño movimiento de palmas que los prisioneros habían intentado hacer en la charca.

​Al escucharlo, el anciano se puso en pie despacio. Un murmullo de respeto recorrió a la multitud.

​El Sabio avanzó unos pasos hacia el grupo. Miró fijamente a Iris y a Sixevenín, luego a Willity y a los demás Nimbis. Sin decir una palabra, alzó sus largas manos con las palmas orientadas hacia arriba y comenzó a balancearlas suavemente de lado a lado.

​—Six Seven —pronunció el anciano con una voz grave que parecía resonar desde las propias raíces de la tierra.

El reconocimiento del Sabio
El Sabio Orom reconoce a los viajeros mediante el ancestral saludo de paz de S7.

​Willity y sus amigos dejaron escapar un suspiro de alivio contenido. De inmediato, todo el grupo respondió imitando el saludo al unísono. Los guerreros que los custodiaban se miraron asombrados, bajando lentamente las puntas de sus lanzas al comprender que el anciano reconocía a los recién llegados no como invasores, sino como portadores de una memoria antigua.

​—El código de los primeros constructores —dijo el Sabio en la lengua común de S7, haciendo un gesto con la cabeza para que los guardias se retiraran—. Hacía ciclos enteros que ningún habitante de las cúpulas o de las tierras altas cruzaba las montañas para pronunciar esas palabras ante mi pueblo. Yo soy Orom, custodio de la tribu de la catarata.

​—Llegamos desde la gran pirámide, huyendo de sus trampas subterráneas —explicó Iris con su habitual serenidad—. No buscábamos perturbar vuestra paz.

​—Lo sé —respondió Orom con una leve sonrisa—. La pirámide guarda secretos que no todos están preparados para comprender.

​Sin embargo, la conversación se vio interrumpida súbitamente por un sonido aterrador. Un retumbo sordo hizo temblar la plataforma de madera y las copas de los árboles gigantes.

​El pánico se adueñó de la aldea en cuestión de segundos. Los habitantes corrieron a refugiarse en el interior de los troncos, mientras los guerreros volvían a empuñar sus lanzas con rostros desencajados por el miedo. Un rugido profundo y vibrante sacudió el aire de la selva.

​—¡La bestia de la montaña! —gritó uno de los guardias—. ¡Se acerca al poblado!

​Orom mantuvo la compostura, pero su mirada denotaba una gran preocupación.

​—Pasa por este valle de vez en cuando —dijo el Sabio a los exploradores—. Es un gigante de roca y musgo. Nunca ha atacado la aldea directamente, pero su tamaño es tan colosal que tememos por nuestras casas cada vez que cruza nuestro territorio.

​Entre la vegetación del borde de la aldea, apartando árboles enormes como si fueran meras briznas de hierba, surgió una mole gigantesca de piedra, raíces y placas oscuras con ojos de fulgor azulado. A su lado, dando pequeños saltos y tratando de seguir el ritmo de sus pesadas zancadas, avanzaba una figura mucho más pequeña.

​Willity y Sixevenín se miraron de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

​—¡No es una amenaza! —exclamó Willity, dando varios pasos al frente ante el ahogado grito de sorpresa de los guardias.

​—¡Esperad! —añadió Sixevenín, interponiéndose entre las lanzas de los guerreros y la criatura.

​El enorme Guardián de la Niebla se detuvo al divisar al pequeño grupo. Su pequeña cría salió de detrás de sus patas delanteras y, al reconocer a Willity y a Sixevenín, emitió un suave chasquido de alegría. La colosal bestia inclinó despacio su pesada cabeza de piedra y musgo hacia ellos en un gesto de profundo respeto y gratitud, recordando cómo habían salvado a su pequeña en las profundas grietas de la selva del norte.

El reencuentro con el Guardián de la Niebla
El Guardián de la Niebla y su cría muestran su gratitud ante Willity y sus compañeros.

Deri dio un salto juguetón sobre el hombro de Ramsi y soltó un "¡Miau!" amistoso en dirección a la cría.

​El silencio volvió a adueñarse del poblado. Los guerreros, asombrados, contemplaban cómo la temida criatura de la montaña no solo no atacaba, sino que parecía inclinarse ante los recién llegados antes de retomar tranquilamente su camino junto a su cría hacia los frondosos valles del sur.

​El Sabio Orom contempló la escena con absoluta fascinación. Miró a Willity, a Sixevenín y al resto de los exploradores con un renovado respeto.

​—Habéis traído la paz a nuestro valle sin necesidad de empuñar un arma —dijo el anciano, extendiendo sus brazos hacia ellos en señal de bienvenida pacífica—. Quien es capaz de ganarse el afecto del Guardián de la Niebla es bienvenido en la casa de la tribu. Decidme, jóvenes viajeros... ¿qué es lo que buscáis realmente en estas tierras olvidadas?

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Proyecto creado por Martín Vicente Lozano / El Arte de ser Maestro.

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