​Capítulo 12: La rampa de las profundidades

​El crujido de las paredes aproximándose resonaba en las pálidas piedras de la cámara secreta. Bloques de roca caían del techo levantando un polvo denso, y el margen de espacio para reaccionar se agotaba por segundos. 

​Entre la desesperación y el estruendo, Jazzi dio un paso al frente. Miró las enormes losas que amenazaban con aplastarlos y alzó su ramita de cristal. Cerró los ojos y, en lugar de gritar, dejó brotar de su garganta una melodía suave, limpia y asombrosamente dulce. 

​El cristal fucsia de su ramita comenzó a pulsar a un ritmo pausado. Era un canto directo al corazón de la piedra de S7. Asombrosamente, las paredes frenaron su avance con un chasquido metálico. La vibración no desapareció del todo, pero la compresión se detuvo. Jazzi no solo utilizaba su música para activar mecanismos; tenía el don de comunicarse con la materia viva y la estructura del planeta. 

​Apenas unos metros a la derecha del grabado del Nexo Azul, la resonancia de la canción de Jazzi provocó un efecto inesperado: una gruesa pared lateral crujió y se desvaneció hacia el interior, exactamente igual que la losa por la que habían entrado a la pirámide. Un soplo de aire fresco y húmedo golpeó de lleno el rostro de Willity. 

​—¡Hay corriente! —exclamó Sixevenín, cubriéndose los ojos—. ¡Comunica con el exterior! 

​Frente a ellos, en medio de la penumbra, se abría un pasadizo vertical. Sabían que el Nexo Azul y sus inscripciones estaban allí mismo, a escasos pasos, pero el riesgo de quedar sepultados si la música de Jazzi dejaba de hacer efecto era demasiado alto. 

​—El Nexo no se va a mover de aquí —dijo Ramsi con rotundidad, empujando suavemente al grupo hacia la abertura—. Primero salvemos la vida. Ya encontraremos la forma de regresar. 

La vía de escape
Ramsi y sus amigos se adentraron en el pasadizo secreto revelado por la música de Jazzi.

​​Uno a uno se lanzaron al umbral del pasadizo. En cuanto el último de ellos cruzó la puerta, la losa volvió a cerrarse de golpe tras sus espaldas. Instantes después, el suelo bajo sus pies dio un vuelco. Los escalones de piedra sobre los que apoyaban el peso se plegaron sobre sí mismos, transformando la bajada en una rampa lisa e inclinada. 

​El grupo entero comenzó a deslizarse a una velocidad vertiginosa por un tobogán colosal que descendía en espiral hacia las entrañas de las montañas. 

​Gritos de sorpresa y emoción resonaban en la penumbra mientras daban vueltas y giros en la oscuridad. Jazzi encendió al máximo el brillo de su ramita de cristal para aportar algo de luz, pero la velocidad era tan endiablada que solo alcanzaba a distinguir las caras desencajadas de Willity y Sixevenín a su lado. 

​El vertiginoso descenso duró minutos interminables. Cuando la desesperación empezaba a apoderarse de ellos, la rampa comenzó a suavizar su inclinación, volviéndose cada vez más horizontal. Al fondo del túnel apareció un punto de luz cegadora. 

​—¡Preparaos! —gritó Ramsi. 

​Salieron despedidos por la boca del túnel hacia el aire libre. Por un segundo creyeron que caerían al vacío desde una altura mortal, pero la rampa los escupió a escasos metros sobre una gran charca de aguas cristalinas. 

​¡SPLASH!

​El impacto contra el agua disipó el calor de la huida. El chorro de la rampa desembocaba junto a una majestuosa catarata rodeada por una selva tupida y brillante, muy diferente a los bosques del norte. 

​Willity y Deri, más ágiles, fueron los primeros en nadar hacia la orilla.

El Oásis de la catarata
Willity y Deri ganando la orilla tras el vertiginoso salto a la charca de la catarata.

Sin embargo, la corriente cerca de la catarata era fuerte y a Ramsi, golpeado por el peso de su enorme mochila, y a Sixevenín les costaba avanzar. Fue entonces cuando entre la vegetación de la orilla aparecieron varias siluetas. Eran seres erguidos, de piel con destellos metalizados y facciones afiladas. 

​Al ver las dificultades del grupo en el agua, los desconocidos reaccionaron con rapidez. Dos de ellos extendieron los astiles de sus largas lanzas hacia el agua para que Ramsi y Sixevenín pudieran agarrarse, mientras otros tiraban con fuerza desde la orilla de tierra firme, ayudándolos a salir del pilón uno a uno hasta dejarlos a salvo.

​Una vez todos en tierra, jadeando y empapados, la actitud de los desconocidos volvió a volverse rígida y cautelosa. Formaron un semicírculo alrededor del grupo sosteniendo sus armas de luz pulsante, manteniéndose a la defensiva.

​Iris, Sixevenín y el propio Ramsi se adelantaron despacio. Mirando a los guerreros a los ojos, alzaron sus manos con las palmas orientadas hacia arriba y comenzaron a balancearlas suavemente en el tradicional saludo de paz de S7, mientras pronunciaban las palabras "Six Seven".

​Pero la respuesta no fue la esperada...

​Los guerreros se miraron entre sí con rostros llenos de extrañeza y desconcierto. Murmuraron entre ellos en un idioma bisbiseante, observando las manos del grupo como si estuvieran haciendo un ritual absurdo o incomprensible. No entendían el gesto de paz; para ellos, el código de las ciudades y de la pirámide parecía ser completamente ajeno.

​Sin bajar la guardia, dos de los guerreros hicieron un gesto firme con la cabeza e indicaron con la punta de sus lanzas el camino que se adentraba en la selva. No había violencia, pero sí una clara orden de marchar escoltados.

​—No comprenden el saludo —susurró Iris a Sixevenín mientras echaban a andar entre flores luminosas y árboles gigantescos—. Tendremos que esperar a ver ante quién nos llevan.

​Willity echó una última mirada hacia atrás, a la imponente estructura de la pirámide que se erigía a lo lejos entre la niebla. Habían salvado la vida y pospuesto el paso por el Nexo Azul, pero un nuevo misterio relacionado con esta extraña tribu acababa de empezar.

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Proyecto creado por Martín Vicente Lozano / El Arte de ser Maestro.

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