Capítulo 11: Los pasadizos del olvido

El eco de la gran losa moviéndose sobre sus cabezas retumbó en la oscuridad con un ruido atronador.  La apertura de la entrada les había cogido totalmente por sorpresa, pero con lo que no contaban es con que la enorme piedra fuera a deslizarse otra vez dejándolos atrapados en el interior de la pirámide. Durante unos instantes, el silencio fue absoluto. La intensa luz azul del exterior ya no estaba para guiarlos, pero afortunadamente para ellos la oscuridad no duró mucho. 

​—¡No os preocupéis! —exclamó la pequeña Yazzi con una chispa de emoción en su melodiosa voz. 

​Con un movimiento ágil, alzó su ramita de cristal. Al instante, sus hojitas comenzaron a emitir un fulgor rosa fucsia que bañó las paredes del pasadizo. A su lado, unas pequeñas luces laterales de un azul fosforescente parpadearon a lo largo de las escaleras, despertando como si hubieran estado esperando su llegada. 

​—El aire está limpio y el terreno es firme —dijo Ramsi, reajustando las correas de su enorme mochila de explorador mientras descendía con paso pesado pero seguro. —Pero mantened los ojos abiertos. Estas profundidades no han sido pisadas en ciclos. 

​El grupo avanzaba en fila por la escalonada bajada. Iris caminaba cerca de Ramsi, con su túnica celeste rozando suavemente los gastados escalones rúnicos, transmitiendo una serenidad que calmaba los latidos del resto del equipo. Detrás de ella, Deri avanzaba con las orejas erguidas, olfateando las corrientes de aire que subían del abismo, mientras Willity y Sixevenín cerraban la marcha, maravillados por la arquitectura subterránea. 

​A medida que se internaban en el corazón de la pirámide, los grabados de las paredes comenzaron a cambiar. Sixevenín se detuvo, pasando sus dedos por los relieves de piedra. 

​—Willity, mira esto —susurró el aprendiz de maestro.

—Esta tipografía... es casi idéntica a la que encontramos en la piedra de Deri de la llanura de los ecos, la que hablaba del planeta azul. 

​—Es verdad —respondió Willity, abriendo mucho sus enormes y oscuros ojos. —Pero mira esos otros símbolos más adelante. Parecen... pequeños dibujos. Figuras de aves, ojos, líneas curvas... 

​Iris se acercó a ellos, contemplando los nuevos relieves. 

Los jeroglíficos olvidados
La luz de la varita de Jazzi reveló una escritura olvidada durante incontables ciclos.

​—Son jeroglíficos de los primeros constructores —explicó con voz tranquila. —Una escritura sagrada que los sistemas de las ciudades exteriores borraron de sus bases de datos. Representan historias de portales, estrellas y... conexiones con mundos lejanos.  ​

​Sin embargo, la lección de historia fue interrumpida por un sutil sonido. Un clic seco resonó bajo la pata delantera de Deri.

​El pequeño felino planeador se quedó completamente inmóvil, con una pata suspendida en el aire y las membranas tensas. Una vibración sorda empezó a recorrer las paredes de piedra. 

​—¡Atrás! —rugió Ramsi con una potencia inesperada, interponiendo su robusto cuerpo para proteger a Yazzi y a los demás. 

​Del techo del pasadizo cayó a plomo una enorme hilera de estacas de piedra afilada, bloqueando el camino justo a unos centímetros de la nariz de Deri, que de nuevo tuvo que hacer alarde de sus increíbles reflejos para esquivar el peligro. El viento de la caída levantó una nube de polvo gris. Cuando aún no se habían recuperado del susto, antes de que pudieran respirar aliviados, crujió el suelo bajo los pies de Willity y Sixevenín. La losa sobre la que pisaban cedió, inclinándose como una rampa hacia un foso oscuro.

​—¡Sixevenín! —gritó Willity, perdiendo el equilibrio.

​Con un movimiento rapidísimo, Sixevenín estiró sus brazos y sujetó a Willity por una pierna cuando ya empezaba a caer. Pero el peso de ambos los arrastraba hacia el vacío. Al ver el peligro, Deri no lo dudó: desplegó sus membranas laterales, planeó sobre el foso y se lanzó hacia la túnica de Sixevenín, clavando sus pequeñas garras con cuidado para hacer de ancla. Ramsi, demostrando su increíble fuerza física, se estiró igualmente desde el borde firme y, sujetando a Sixevenín por los hombros, tiró del grupo hacia arriba con una determinación de hierro. 

​Los tres cayeron a salvo sobre el suelo firme de la galería inferior, cubiertos de polvo y respirando agitadamente. 

​—Buen trabajo en equipo, exploradores —dijo Ramsi, ofreciéndoles una de sus grandes manos para ayudarles a levantarse. 

​Willity abrazó fuertemente a Deri, quien emitió un "¡Miau!" reconfortante, mientras Yazzi iluminaba la nueva estancia a la que habían caído. Al disiparse el polvo, la luz fucsia de su cristal reveló que se encontraban en una cámara secreta de grandes dimensiones. 

​En el centro de la sala, sentados sobre tronos de piedra tallada, yacían los restos de antiguos habitantes de S7. Eran esqueletos perfectos, mudos guardianes del tiempo que sostenían entre sus manos óseas unas esferas de cristal apagadas. El susto inicial fue morrocotudo. Pero, pasados unos segundos, todos demostraron tener una sorprendente entereza. También es cierto que contemplando la escena con calma, los esqueletos no resultaban terroríficos ni truculentos; al contrario, desprendían una dignidad majestuosa y misteriosa que fascinó a Willity y sus amigos. 

La cámara de los antiguos sabios
Los antiguos sabios de S7 parecían seguir custodiando en silencio el último gran secreto de la pirámide.

​—No tengáis miedo —dijo Iris, acercándose a uno de los tronos con un profundo respeto. —Son los antiguos sabios de S7. Tal vez se quedaran aquí para proteger el último secreto de la pirámide. 

​En las paredes de esta cámara, los jeroglíficos eran aún más densos y detallados. Estos se asemejaban, de forma asombrosa, a otros jeroglíficos que recordaba haber visto Iris en antiguos documentos de los archivos del planeta.

​Willity se acercó a la pared del fondo, atraído por un brillo inusual. Entre los grabados de piedra, había una enorme compuerta metálica circular con un mecanismo de engranajes rúnicos. Pero lo que llamó su atención fue un relieve justo en el centro: la figura de un planeta con continentes y nubes, rodeado por la inscripción grabada en la piedra, en el mismo lenguaje de signos de la Llanura de los Ecos. En esta ocasión, fue Iris la que tradujo el texto a sus compañeros: 

—El Nexo Azul. 

Al igual que Sixevenín, Iris tenía acceso directo a las lenguas almacenadas en sus archivos. Todos los Sixevencianos lo tenían gracias a la IA de sus cerebros.

​—Es la puerta... —susurró Willity con el corazón latiéndole a mil por hora. 

​De repente, un estruendo ensordecedor sacudió la cámara secreta. Las trampas de la pirámide se habían reactivado por completo al detectar su intrusión. El techo de la sala comenzó a agrietarse y pesados bloques de piedra empezaron a desplomarse a su alrededor, bloqueando el pasadizo por el que habían caído. 

​—¡El camino de regreso está sellado! —gritó Sixevenín mientras esquivaba un fragmento de roca. 

​El suelo bajo sus pies comenzó a temblar con violencia, amenazando con derrumbar toda la estancia sobre los esqueletos y los propios Sixevencianos. Estaban atrapados en lo profundo de la pirámide. El peligro aumentaba por segundos, mientras la distancia entre las paredes parecía estrecharse por momentos. La única vía de escape era un misterioso mecanismo cerrado que ninguno de ellos sabía cómo activar. 

​Continuará…

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Proyecto creado por Martín Vicente Lozano / El Arte de ser Maestro.

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