Capítulo 15: Bajo la luz de las tres lunas
El amanecer en la aldea de la catarata desplegó un espectáculo azulado en el cielo de S7. Aunque la luz de los soles comenzaba a teñir las copas de los árboles gigantes, las siete lunas aún permanecían recortadas en el firmamento como discos de plata apagada. La alineación prometida por el Sabio Orom estaba cada vez más cerca.
Tras despedirse de la tribu y recibir algunas provisiones, el grupo se puso en marcha con el fresco de la mañana. Ramsi encabezaba la expedición observando las marcas de su mapa; Iris caminaba a su lado transmitiendo una calma serena, mientras Jazzi, como de costumbre, hacía resonar suavemente su ramita de cristal, arrancando notas alegres que marcaban el ritmo del paso. Detrás, Willity y Sixevenín caminaban juntos, acompañados por Deri, que correteaba entre los helechos gigantes despegando sus membranas para dar pequeños saltos en el aire.
A medida que dejaban atrás la humedad de la catarata, la selva comenzó a transformarse. Los árboles tupidos dieron paso a una franja de bosque bajo repleto de rocas translúcidas que absorbían la luz de la mañana. Fue allí donde Deri se detuvo en seco, erizando las plumas y escamas de su lomo.
De entre las rocas emergieron varios seres pequeños, de formas redondeadas y cuerpo cubierto de una piel aterciopelada de tono dorado. No tenían patas, sino que se desplazaban flotando a pocos centímetros del suelo gracias a la energía magnética de las piedras. Tenían enormes ojos curiosos y emitían un zumbido armónico, similar al de una brisa suave cruzando un instrumento musical.
—Son los luminis de las rocas —dijo Iris en voz baja, haciendo un gesto para que el grupo se detuviera—. Criaturas muy pacíficas, pero extremadamente sensibles al movimiento.
Uno de los luminis flotó despacio hacia Willity. El pequeño Nimbi estiró la mano con timidez y la criatura se posó sobre su palma, emitiendo una vibración cálida que hizo sonreír a Willity.
Jazzi, entusiasmada con el hallazgo, tocó una nota muy suave con su ramita de cristal. Sorprendentemente, los luminis respondieron cambiando de color hacia un fucsia brillante y comenzaron a flotar en círculo alrededor del grupo, guiándolos durante un tramo a través del laberinto de rocas hasta dejarlos a salvo en el sendero principal.
Superado el divertido encuentro, la travesía continuó por un terreno más despejado. Las largas horas de caminata invitaron a la reflexión.
—Pensar que estamos tan cerca de la puerta otra vez... —murmuró Sixevenín, contemplando el horizonte—. Me resulta difícil procesar todo lo que hemos descubierto desde que salimos de las cúpulas.
Willity guardó silencio durante unos pasos, manteniendo la mirada fija en el cielo, donde las lunas comenzaban a cambiar de posición.
—Desde que vi la luz azul entre las montañas por primera vez, no he dejado de pensar en lo que hay más allá —confesó Willity con sus grandes ojos oscuros llenos de emoción—. Sueño con ese planeta de mares y nubes azules que se veía en los grabados. Sé que puede dar algo de miedo, pero... cruzar el Nexo Azul, descubrir qué hay al otro lado y ver ese mundo con mis propios ojos es lo que más me gustaría en el mundo.
Sixevenín lo escuchó con atención, observando la ilusión inocente de su joven amigo. Sin embargo, en el núcleo de procesamiento del aprendiz de maestro empezaban a surgir dudas lógicas: ¿era aquel portal una vía abierta para todos, o solo la puerta a una decisión individual? Los demás continuaban caminando en silencio, absortos en sus propios pensamientos y en la responsabilidad del camino, sin manifestar aún qué decisión tomarían cuando llegara el momento. El afán de aventura y de descubrimiento era, no obstante, suficiente motivación para animarles a seguir avanzando, con una gran ilusión que mantenía unido al grupo.
Avanzada la tarde, la selva se disipó por completo y el paisaje cambió radicalmente. La gran llanura volvía a estar frente a ellos y el suelo se tornó mucho más pedregoso y con menos vegetación.
Fue entonces cuando Ramsi se detuvo en lo alto de una pequeña loma de piedra rúnica y señaló hacia el frente.
—Mirad.
A lo lejos, envuelta en la bruma de la distancia y bajo los primeros destellos dorados del atardecer, se divisaba la silueta inconfundible de la antigua zona de ruinas de la ciudad perdida. Aún les debía de quedar una jornada de marcha, pero entre la vegetación lejana destacaban los restos de las estructuras enterradas que Sixevenín y Willity habían recorrido en el pasado.


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